Pablo Rodríguez, de la asociación civil Don Ito, participó de una experiencia en Mozambique y cuenta lo vivido durante la tarea voluntaria en el país africano.
Mi nombre es Pablo Rodríguez, soy el segundo de cuatro hermanos, tengo 24 años, y hace alrededor de 6 que le dedico la mayor parte de mi tiempo al voluntariado. Vivo actualmente en la ciudad de Junín, pero mi familia sigue en Morse, el pueblo donde me crie y quisiera volver a vivir.
Me encuentro en tercer año de Trabajo Social.
Desde chico aprendí que todo se consigue con dedicación, perseverancia y mucho trabajo, mi familia atravesó momentos muy duros, mas en el 2001, recuerdo que allí empezó mi contacto con los comedores, mi vieja laburaba en uno, en Barrio Norte de Junín, y mis hermanos y yo comíamos ahí, la situación era difícil. Fuimos progresando y hoy puedo yo ayudar a los comedores, a través de nuestro grupo.
Soy voluntario y uno de los fundadores de la organización solidaria y social “Grupo Solidario Don Ito”. La misma es el primer grupo organizado de jóvenes voluntarios de la localidad de Morse, partido de Junín. Decir que estoy orgulloso del equipo de trabajo que hemos construido es poco, es una felicidad enorme poder laburar con los pibes, muchos conocidos de casi toda la vida, y otros amigos del ahora.
Bueno, ahora les contaré un poco de esta experiencia en Africa. Creo que desde que regrese a la Argentina de Mozambique, África, es la primera vez que me siento a escribir, antes no lo hubiese podido hacer porque la emoción que se siente es demasiado fuerte, se extraña demasiado. No sé si se puede explicar con palabras lo que se vive, yo he estado en el Norte de nuestro país, y en varias catástrofes naturales, pero esto es distintos, se vive de otra manera, se siente desde adentro, es como si por dentro sintieras mucha emoción, felicidad, tristeza, son una locura los sentimientos que se juntan.
Pisar suelo africano fue raro, era uno de mis sueños de chico, nunca pensé que se fuera a dar tan pronto, para ser sincero, ya había perdido la posibilidad de ir. Pero el voluntariado y la solidaridad tienen estas cosas, y te llevan a encontrarte con personas que te incluyen, te invitan y te hacen parte de sus proyectos. Debo agradecerles a los chicos de Jaymay enfermería en acción solidaria, ellos fueron los creadores de este viaje, ellos son héroes de nuestro país; ellos tuvieron la humildad de invitarme y se los agradeceré por siempre.
Para tener un orden en el relato comenzaré con mi llegada a Mozambique, llegue el 5 de marzo a la ciudad de Maputo (Capital), era cerca del mediodía, y de ahí emprendimos un viaje de casi ocho horas en camión para llegar a la aldea en la cual pase 20 días.
La aldea de Mindu estaba integrada por unas cinco viviendas, algunas hechas de un material muy parecido a la caña, otras de una especie de barro, con techo de paja, o ramas, similar a los techos de los quinchos de aquí. Estas últimas tenían forma circular, y solo una abertura, la puerta. La arena de un color rojizo oscuro, siempre tibia, coqueiros por donde se busque, y mucho verde en el horizonte. Allí vive Graciela Fleytas, enfermera argentina, misionera hace mas de 20 años, una mujer extraordinaria.
La oscuridad de la noche acobijo nuestra llegada, lo había logrado, estaba en la aldea donde pasaría los mejores veinte días de mi vida… recuerdo que tomamos un café, y nos indicaron donde domiríamos.
Ya al otro día muy temprano, comencé a escuchar voces de niños, estaban llegando los primeros a la escuelita que funcionaba en la aldea, salir fue encontrarse con el que sería mi hogar por un tiempo; correteaban felices los enanos, reían y otros me miraban; empecé a saludarlos uno a uno. No sé como describirlos, son hermosos, transmiten paz, alegría…son pequeños ángeles, son vida, son futuro.
Ese día, recuerdo que fuimos al Hospital de Zavala, allí trabajarían los enfermeros y luego haríamos visitas a las comunidades. El director del Centro de salud, también me sumo al equipo de trabajo del Hospital, así fue como trabaje en un Programa de Apoyo a Personas con VIH, el cual era dirigido por el Dr. Abel, un Psiquiatra de unos treinta años. Realizamos test de VIH, y luego los derivábamos a los diferentes tratamientos ambulatorios que tenía en Hospital. Las cifras de casos de VIH son alarmantes en esta zona, de 10 test diarios, la mitad eran positivos.
Otras de las tareas que realice junto a los profesionales, fue participar en la creación de Comités Comunitarios contra la Violencia de Género, un espacio que estaría bueno se implemente en nuestro país, creo que a veces creemos que somos un país desarrollado, pero cuando vivís en otra cultura te das cuenta que en muchas cuestiones seguimos atrasados. Con este mismo equipo realizamos numerosas recorridas por diferentes instituciones de variados distritos. Pude visitar la Cárcel, e incluso entre a la celda, debo admitir que no sabía si entrar o no, me sentía un intruso… pero entre y me saludaron muy bien; las condiciones del lugar eran terribles, inhumanas, y lo peor que muchos de los que allí estaban solo habían robado para comer, quizás una gallina, o algo en el mercado, o combustible… mínimo comparado con lo que pasa en nuestro país, ahí mi mensaje solo fueron dos palabras: “Mucha fuerza”; ellos solo asintieron.
A esa tarea que esta vinculada con mi carrera profesional, hay que sumarle las actividades permanentes que realizamos en la aldea, desde participar de juegos de futbol, dibujo, baile y canto, hasta la entrega de donaciones. Muchas mañanas me sume a enseñar las vocales y los números en el jardincito. Las maestras me invitaban a cantar, se que lo hago muy mal, pero al menos se reían. Por las tardes, sentado bajo la sombra de los arboles, me rodeaba de los peques que viven en la aldea, y siempre venían con la idea de “diseñar” (dibujar). Les entregaba las hojas y uno o dos lápices a cada uno, y cada uno se concentraban en sus hermosos diseños, a veces AnaJohana, la más grande del grupo, peleaba por acumular todos los lápices jaja, pero terminaba luego compartiendo.
También si me veían escribiendo se acercaban y me pedían escribir sus nombres, por eso el diario que escribí, para mi tiene un valor incalculable, no solo porque fue lo que viví allí, sino porque tiene ese toque mágico que le dan los niños, en algunas páginas están las manitos marcadas de tierra, hay rayas y nombres.
Aun hoy cuando ya casi ha transcurrido un mes de mi regreso, me recuerdo, sentado sobre una piedra que había en el medio de la aldea, por algún motivo siempre escribí mi diario del viajero sobre ella, no lo sé… solo recuerdo que muchas noches llore allí, me dolía el dolor de ellos, me dolía haberme dado cuenta la hipocresía con la que vivimos en nuestra sociedad, me dolía saber que formo parte de un grupo de humanos que desperdiciamos el agua, u otros recursos y peleamos por pavadas, me duele ser parte de una sociedad que solo es para unos pocos, una sociedad egoísta y excluyente.
Pero sé que aprendí, se que crecí, que este es mi camino, que el voluntariado es la cultura de vida que elijo, que hay que empoderar a los vecinos para que ellos sean parte de la solución, que nosotros como jóvenes de esta sociedad tenemos que acompañar y estar junto a esa persona que la pasa mal, debemos ser los que iniciemos con el derrumbe de los estereotipos y la exclusión social.
Me enamore de Africa, muy pronto regresare y allá me estarán esperando, no tengo que llevar cosas materiales para que me reciban, solo abrazos y ganas de construir un mundo mejor. Pero también sé que en nuestro país hay mucho por construir y mejorar, por eso día a día seguimos trabajando desde Don Ito el empoderamiento de los barrios populares.
Mi nombre es Pablo Rodríguez, soy el segundo de cuatro hermanos, tengo 24 años, y hace alrededor de 6 que le dedico la mayor parte de mi tiempo al voluntariado. Vivo actualmente en la ciudad de Junín, pero mi familia sigue en Morse, el pueblo donde me crie y quisiera volver a vivir.
Me encuentro en tercer año de Trabajo Social.
Desde chico aprendí que todo se consigue con dedicación, perseverancia y mucho trabajo, mi familia atravesó momentos muy duros, mas en el 2001, recuerdo que allí empezó mi contacto con los comedores, mi vieja laburaba en uno, en Barrio Norte de Junín, y mis hermanos y yo comíamos ahí, la situación era difícil. Fuimos progresando y hoy puedo yo ayudar a los comedores, a través de nuestro grupo.
Soy voluntario y uno de los fundadores de la organización solidaria y social “Grupo Solidario Don Ito”. La misma es el primer grupo organizado de jóvenes voluntarios de la localidad de Morse, partido de Junín. Decir que estoy orgulloso del equipo de trabajo que hemos construido es poco, es una felicidad enorme poder laburar con los pibes, muchos conocidos de casi toda la vida, y otros amigos del ahora.
Bueno, ahora les contaré un poco de esta experiencia en Africa. Creo que desde que regrese a la Argentina de Mozambique, África, es la primera vez que me siento a escribir, antes no lo hubiese podido hacer porque la emoción que se siente es demasiado fuerte, se extraña demasiado. No sé si se puede explicar con palabras lo que se vive, yo he estado en el Norte de nuestro país, y en varias catástrofes naturales, pero esto es distintos, se vive de otra manera, se siente desde adentro, es como si por dentro sintieras mucha emoción, felicidad, tristeza, son una locura los sentimientos que se juntan.
Pisar suelo africano fue raro, era uno de mis sueños de chico, nunca pensé que se fuera a dar tan pronto, para ser sincero, ya había perdido la posibilidad de ir. Pero el voluntariado y la solidaridad tienen estas cosas, y te llevan a encontrarte con personas que te incluyen, te invitan y te hacen parte de sus proyectos. Debo agradecerles a los chicos de Jaymay enfermería en acción solidaria, ellos fueron los creadores de este viaje, ellos son héroes de nuestro país; ellos tuvieron la humildad de invitarme y se los agradeceré por siempre.
Para tener un orden en el relato comenzaré con mi llegada a Mozambique, llegue el 5 de marzo a la ciudad de Maputo (Capital), era cerca del mediodía, y de ahí emprendimos un viaje de casi ocho horas en camión para llegar a la aldea en la cual pase 20 días.
La aldea de Mindu estaba integrada por unas cinco viviendas, algunas hechas de un material muy parecido a la caña, otras de una especie de barro, con techo de paja, o ramas, similar a los techos de los quinchos de aquí. Estas últimas tenían forma circular, y solo una abertura, la puerta. La arena de un color rojizo oscuro, siempre tibia, coqueiros por donde se busque, y mucho verde en el horizonte. Allí vive Graciela Fleytas, enfermera argentina, misionera hace mas de 20 años, una mujer extraordinaria.
La oscuridad de la noche acobijo nuestra llegada, lo había logrado, estaba en la aldea donde pasaría los mejores veinte días de mi vida… recuerdo que tomamos un café, y nos indicaron donde domiríamos.
Ya al otro día muy temprano, comencé a escuchar voces de niños, estaban llegando los primeros a la escuelita que funcionaba en la aldea, salir fue encontrarse con el que sería mi hogar por un tiempo; correteaban felices los enanos, reían y otros me miraban; empecé a saludarlos uno a uno. No sé como describirlos, son hermosos, transmiten paz, alegría…son pequeños ángeles, son vida, son futuro.
Ese día, recuerdo que fuimos al Hospital de Zavala, allí trabajarían los enfermeros y luego haríamos visitas a las comunidades. El director del Centro de salud, también me sumo al equipo de trabajo del Hospital, así fue como trabaje en un Programa de Apoyo a Personas con VIH, el cual era dirigido por el Dr. Abel, un Psiquiatra de unos treinta años. Realizamos test de VIH, y luego los derivábamos a los diferentes tratamientos ambulatorios que tenía en Hospital. Las cifras de casos de VIH son alarmantes en esta zona, de 10 test diarios, la mitad eran positivos.
Otras de las tareas que realice junto a los profesionales, fue participar en la creación de Comités Comunitarios contra la Violencia de Género, un espacio que estaría bueno se implemente en nuestro país, creo que a veces creemos que somos un país desarrollado, pero cuando vivís en otra cultura te das cuenta que en muchas cuestiones seguimos atrasados. Con este mismo equipo realizamos numerosas recorridas por diferentes instituciones de variados distritos. Pude visitar la Cárcel, e incluso entre a la celda, debo admitir que no sabía si entrar o no, me sentía un intruso… pero entre y me saludaron muy bien; las condiciones del lugar eran terribles, inhumanas, y lo peor que muchos de los que allí estaban solo habían robado para comer, quizás una gallina, o algo en el mercado, o combustible… mínimo comparado con lo que pasa en nuestro país, ahí mi mensaje solo fueron dos palabras: “Mucha fuerza”; ellos solo asintieron.
A esa tarea que esta vinculada con mi carrera profesional, hay que sumarle las actividades permanentes que realizamos en la aldea, desde participar de juegos de futbol, dibujo, baile y canto, hasta la entrega de donaciones. Muchas mañanas me sume a enseñar las vocales y los números en el jardincito. Las maestras me invitaban a cantar, se que lo hago muy mal, pero al menos se reían. Por las tardes, sentado bajo la sombra de los arboles, me rodeaba de los peques que viven en la aldea, y siempre venían con la idea de “diseñar” (dibujar). Les entregaba las hojas y uno o dos lápices a cada uno, y cada uno se concentraban en sus hermosos diseños, a veces AnaJohana, la más grande del grupo, peleaba por acumular todos los lápices jaja, pero terminaba luego compartiendo.
También si me veían escribiendo se acercaban y me pedían escribir sus nombres, por eso el diario que escribí, para mi tiene un valor incalculable, no solo porque fue lo que viví allí, sino porque tiene ese toque mágico que le dan los niños, en algunas páginas están las manitos marcadas de tierra, hay rayas y nombres.
Aun hoy cuando ya casi ha transcurrido un mes de mi regreso, me recuerdo, sentado sobre una piedra que había en el medio de la aldea, por algún motivo siempre escribí mi diario del viajero sobre ella, no lo sé… solo recuerdo que muchas noches llore allí, me dolía el dolor de ellos, me dolía haberme dado cuenta la hipocresía con la que vivimos en nuestra sociedad, me dolía saber que formo parte de un grupo de humanos que desperdiciamos el agua, u otros recursos y peleamos por pavadas, me duele ser parte de una sociedad que solo es para unos pocos, una sociedad egoísta y excluyente.
Pero sé que aprendí, se que crecí, que este es mi camino, que el voluntariado es la cultura de vida que elijo, que hay que empoderar a los vecinos para que ellos sean parte de la solución, que nosotros como jóvenes de esta sociedad tenemos que acompañar y estar junto a esa persona que la pasa mal, debemos ser los que iniciemos con el derrumbe de los estereotipos y la exclusión social.
Me enamore de Africa, muy pronto regresare y allá me estarán esperando, no tengo que llevar cosas materiales para que me reciban, solo abrazos y ganas de construir un mundo mejor. Pero también sé que en nuestro país hay mucho por construir y mejorar, por eso día a día seguimos trabajando desde Don Ito el empoderamiento de los barrios populares.














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